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De Días roturados (1947)
Fraternidad del fusil
Con mis dedos lo acaricio, tenaz y fiel compañero. Su inquebrantable amistad me enseña como un ejemplo lo que es lidiar sin flaquezas, sirviendo de parapeto contra las balas que llegan buscando encontrar los cuerpos.
Con aspereza acaricio su frío metal de acero, oscuro túnel cargado que en los minutos intensos de la contienda enrojece, se nombra y late en el fuego.
De inquebrantable amistad, lo sé, lo palpo, lo siento: lo comprendo cuando vamos camino de bosque adentro, y buscando su calor, al caño negro me aferro.
¡Qué erguido cuando entre sombras avanza mis regimiento! ¡Qué firme cuando penetra malezas, firme guerrero!
Este fusil es amigo que me acompaña en el hecho de sangre que se desata por una verdad de pueblo.
Y cuando llega la noche -posada en el campamento- después de ver la jornada del plomo en su caño experto (sin que duerman esos hombres tendidos sobre sus puestos), reposa a mi lado, en frío, tenaz, a medias despierto como yo, como los otros, que no olvidamos el eco de los pasos rezagados del enemigo siniestro.
Lo acaricio con mis manos; fusil gozoso en el duelo terrible de la contienda; siempre nombrando a un encuentro de balas que al aire silban sin dar al viento sosiego. Entonces en la batalla cuando se nombra a este pueblo, se templa en un rojo vivo, gozoso mira, y soberbio perfila su boca negra destacándose primero. Lúcido hermano y amigo, sobre mis brazos lo siento.
Ayer le dijo a la muerte: -"No vengas, porque te espero; que el pueblo desnudo y pobre disputa, pleno de esfuerzos, con fin de aplastar las ratas cobardes, llenas de miedo."
Lo palpo y lo siento mío, parapeto de mi cuerpo.
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